Creo que nunca tuve un encuentro cercano con la muerte. De hecho, sigo sin tenerlo.

Cuando se murió la primera persona cercana a mi fue mi abuela materna. Recuerdo muy pocas cosas de ella, cuando se fue de este mundo yo tendría unos 5 o 6 años.

Se que me cuidaba cuando mi mama estaba de guardia, que dormía con ella, entre su espalda y la pared, y que también adoraba la sensación de su espalda en la mía porque me daba seguridad y me quitaba el miedo.
A veces siento que puedo oler su olor de nuevo, mi mamá dice que es porque ella siempre está conmigo.
Susana era su nombre, una mujer muy fuerte, de cabello super largo, terca y poco cariñosa pero de un gran corazón. Mis tías dicen que mis piernas son como las de ella, y me gusta pensar que teníamos (o tenemos) cosas en común.

El día que se murió recuerdo pocas cosas, estaba en los brazos de mi papá y que salíamos de prisa de la clínica, recuerdo a mi Tía Celia reclamandole pero poco mas…
Nunca me dijeron que ella se había muerto, me lo ocultaron. Me dijeron en cambio que ella vivía en otro lugar, que estaba allí porque estaba muy enferma y por eso no podía visitarla porque era muy pequeña.
Recuero que siempre que pasaba por la Policlínica Amado pensaba en ella, me preguntaba si “cuando fuera grande” podría ir a verla.

Un día en casa de mi prima jugando barbies como de costumbre me lo contó, me dijo que abuela Susana ya no estaba con nosotros… “que se había muerto”. No recuerdo que hice, pero si esa sensación de vacío y que llore muchísimo, que me costaba respirar y un terrible sentimiento de impotencia que no hallaba como calmarlo.

Mi segundo encuentro con la muerte fue cuando murió mi abuela paterna. Casualmente (o causalmente) estaba con esta prima, recuerdo que en casa de su abuela paterna (ya que somos primas porque su mama y la mía son hermanas). Mi mamá me había dado permiso para quedarme a dormir lo cual fue algo sorprendente y una gran noticia para mi.

Al día siguiente mi mamá paso por mi y me dijo que tenía una noticia que no sabía como iba a tomar, cuando ibamos pasando el puente me lo dijo… mi abuela Amalia había muerto. No recuerdo si lloré, no recuerdo que senti pero extrañamente recuerdo que tenía puesto.

Se que mi mamá me llevo al velorio, recuerdo una sala con mucha gente vestida de negro, creo haberla visto con su moño de siempre, una señora SUPER elegante y coqueta. Se que tenía (y tengo) mas cosas en común con ella de las que me gustaría, siempre supe que nunca me quiso… nunca quiso a mi mamá, que de alguna manera era una extraña para mi, que era familia de mi papá y no mía.

Pero llore, llore al ver a mi papa destrozado, me senti en sus piernas y lo abracé. Tendria unos 8 o 9 años para la época. Se que estaba enflusado, y muy pocas veces se viste tan bien. Ahora que lo pienso recuerdo el entierro… la ida al cementerio y la gente caminando.

Vacío… me cuesta describir lo que sentí en ambas ocaciones, pero creo que lo catalogo como vacío.

Hace un año en un semestre nos toco un ejercicio sobre “Arquitecturizar una obra de Arte”. En mi caso tenía que trabajar con el escultor español Jorge Oteiza, tenía la opción de trabajar con cualquiera de sus obras, conceptualizar el espacio y diseñar en base a ese concepto que había generado.

La Caja Metafísica fue la obra que escogí, que había sido construida en una época en que para él era el vacío lo mas importante de la obra.

Siempre que me toca hacer un trabajo de análisis de un sitio o una obra es imposible para mi no ligarlo o hacer un simil con alguna experiencia anteriormente vivida.

Fue redescubrir la experiencia del vacío, y no era un vacío absoluto como el que vemos en todos lados y está allí para ser descubierto como todas esas personas que no han nacido pero que en un universo paralelo o al menos en el imaginario de cada uno de nosotros existen. Como ejemplo, esos hijos que soñamos (los que lo hacemos) y que todavía no nacen.

Pero entonces hablabamos de remarcar un vacío a ser descubierto, o ¿era un vacío producto de la desocupación de la materia?. ¿Era el espacio dejado de un ser querido, de ese que ya no estaría más con nosotros o de ese otro que no termina de llegar este mundo.?

Para ambos casos me resultaba un poco igual, el sentimiento era un poco desconocido pero la idea para comenzar era la misma. Entonces fue el pliegue (mi fiel amigo) el que me ayudo al momento de diseñar, un edificio sin función alguna pero con una clara intención… era El vacío lo importante, lo vivido, lo recorrido y lo que iba a ser remarcado.

Sin ese pliegue el vacío no sería notable. La matería tomaba importancia gracias a la “nada” que estaba remarcando, y esa “nada” era lo que era gracias al pligue que la hacía notable. De no ser por el cuepo no notaríamos la existencia del ser. Uno depende del otro, incluso dejando de existir… vuelve a hacerlo en el recuerdo de cada uno de nosotros.

Admito que no me fue bien en ese semestre, más que nada porque he tenido la mala costumbre de no creer en mi como arquitecto. Digamos que es uno de los viejos patrones de conducta en los que estoy trabajando para ser desechado.
Pero lo mejor de todo, es que aprendí a llevar la arquitectura a lo más profundo de mis experiencias, a sentirla en la piel y a entender que en ella me sentía plena.

Con el tiempo, tanto en la universidad y en la vida he aprendido que cada experiencia deja una enseñanza… si no la aprendes se repitira hasta aprender y aprehender la lección. En este caso, hasta la vivencia mas triste como lo era y es) perder a un ser querido se puede transformar en arte. Al convertirse en arte se vuelve lenguaje universal… y siendo universal es capaz de ser comprendido por todos.

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