El día que dejaste de hacer preguntas.
El día que empezaste a aceptar las situaciones sin juzgarlas, sin clasificarlas como buenas o malas.
Hubo un día en que entendiste que la tolerancia no era para ti, que era una hipocresía y que más valía una honesta y respetuosa soledad.
Hubo un día que despertaste y supiste que no estabas segura de quien eras pero tenías la certeza sobre quien no eras y que cosas no te gustaban ni eran para ti.
Hubo un día que mucho te costó pero aceptaste que había personas que debías dejar ir porque para que existan relaciones a futuro se necesita una base sólida de valores en común. Que si, que los quieres a todos y los aceptas como son pero hay cosas que van más allá de eso. Barreras invisibles que permitieron el paso a la incomodidad y a ver la distancia geográfica como una genialidad del destino.
Un día despediste a personas importantes de tu vida, sin rencor, sin odio, sin tristeza… con nostalgia por los buenos tiempos pero sabiendo que no volverían.
Un día dejaste de luchar contra el mundo porque entendiste que no lo cambiarías, que tristemente esa fuerza e ímpetu de adolescente se acabó, que no vale la pena. Y no, no eres igual a ellos, pero los aceptas, no los entiendes pero convives con una realidad diferente a la tuya y sientes un profundo respeto hacia ello porque sigues creyendo que todos tenemos derecho a SER.
Un día con nostalgia la despediste, y ella sonriente te dijo que fueron buenos los momentos que pasaron juntas.
A ti, adolescencia, sobrevivimos :).
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